viernes, 30 de noviembre de 2007

Crónica: Pobrecito mi patrón

Escrita el año 2002



Le agradecemos por sus servicios señor Gambetta, pero por razones de presupuesto no podemos renovarle el contrato.
Pero tengo carné del partido -respondí presuroso, casi excitado-
Ah, porque no lo dijo antes. Déjeme hablar con administración.
No, no es necesario - contesté sonriendo- era una broma (quizá la mejor que hice en toda mi vida)
Luego el jefe de personal me dio una charla de casi media hora. Me contó su vida. El trabajo como albañil que tuvo que dejar al sentir en lo profundo de su corazón el llamado que le hiciera su Perú de todas las sangres. Sus amanecidas pegando afiches del partido, su puntualidad en las reuniones de la gran base, a la que se sentía orgulloso de pertenecer, sus gritos de campaña, el derroche de intelecto que hizo buscando un mejor futuro para su patria en compañía de sus hermanos. Las polladas del partido que tuvo que comprar para ayudar a la campaña. No joven –me dijo- yo no he llegado tan fácil. Empecé de cero y mire donde estoy ahora.( ¿dónde? Quise preguntarle. Pero era su momento. Uno no tiene derecho de venir a romper con preguntas indiscretas la magia del triunfo)
Lo dejé hablar. Me daba ternura escuchar sus palabras. Su expresión misma era de la un vencedor. De un hombre que conocía su oficio. De alguien que había llegado muy alto en la vida. Y eso que nunca fue a Harvard.
Cuando terminó su excelente disertación. Me aconsejó que luchara. Qué no bajara los brazos. Qué todo ocurría por algo. Debo admitir que el enojo que sentía al principio desapareció por completo. Una ternura infinita se apoderó de mí y hasta hubiera querido abrazar a ese buen hombre. Al fin de cuentas él también era simplemente un ave de paso.
Antes de despedirme me atreví a darle algunos consejos a mi nuevo maestro de vida. Le dije que como era posible que le dieran una oficina tan chica y con tan poca iluminación. Le rogué por el bien del Perú que solicitara una computadora al departamento de informática. O por lo menos una máquina de escribir al almacén. Pero sus razones fueron contundentes. A mano escribo más rápido –me dijo-
Cuando salí de su oficina el mundo cambió considerablemente. Desapareció la angustia de saber que todo el trabajo realizado no había servido de nada. Algo nuevo modificó mi alma, gracias a mi maestro obviamente. Sólo me quedaba una cosa por hacer, despedirme de los amigos que hice. Amigos que seguramente no recuerdan mi nombre pero que me enseñaron mucho. Con eso me basta.
Recorrí la gloriosa institución buscando a los muchachos de limpieza y a los choferes. Cuando por fin los encontré y después de narrarles la desventura de mi despido, todos se pusieron muy tristes. No tanto por el atropello del que había sido víctima, sino porque perdían a una pieza clave de su equipo de fulbito, a su puntero mentiroso. El chiquillo de relaciones públicas como me llamaban.
Luego de algunos últimos abrazos, me pidieron por favor que regresara el viernes ya que se jugaban la clasificación contra el equipo de control interno. Lamentablemente no pude asistir. Discúlpenme chinos. Ya nos encontraremos pronto, ojalá sea en un país mejor.
Volví a mi ex-oficina, compartida por si acaso, a recoger algunas pertenencias del abandonado escritorio que me asignaron y que ahora quedaba más abandonado que nunca. Cuando de repente veo ingresar a dos mozalbetes y una dama. Los cuales después de intercambiar algunas palabras con mi amigo y superior, cuyo nombre no incluyo en esta crónica porque lo estimo mucho y porque en su calidad de nombrado no entraba en los oscuros negociados de los jefes de turno, se apoderaron del que fuera mi escritorio, repartiéndose los cajones como quién se reparte el premio de una rifa.
Hasta ése momento no me había percatado que mi trabajo fuera tan difícil como para que mi ausencia tuviera que ser reemplazada no por uno, sino por tres nuevos trabajadores. Para cuya designación no existían deficiencias de presupuesto en administración. ¡Perú generoso¡ -pensé- En donde para todos hay (con carné del partido claro)
Siguiendo el instinto propio del que se va, recorrí todas las oficinas de aquel centro de trabajo para ver a aquellos que me estimaron o me odiaron, por última vez. Con la tranquilidad de quién nada debe y la desfachatez de la libertad dibujadas en el rostro. Así fui despidiéndome del personal con apretones de manos, besitos y hasta morisquetas. Agradeciendo las cosas buenas y disculpando algunas malas.
Por supuesto no podía dejarme de despedir de mi mamá Carmen que por aquellos días trabajaba en operaciones y quién, como buena tacneña, no entra en vainas y jamás mira caras, y menos feas.
Cuando regresaba después de mi gira, mucho menos costosa y más fructífera que las presidenciales, me encontré cara a cara con la encargada de la administración. Tremenda fue mi sorpresa al ver que se dirigía a mí como nunca antes lo había hecho. Y lindísima, con sus cejas acusadoras perfectamente delineadas y su porte militar, me preguntó marcialmente: ¡¿ya lo llamaron de la oficina de personal?!.
Ante una interrogante tan bien expuesta con cierto matiz extranjero, muy popular en estos tiempos. No me quedó otra que responder con el mismo tono marcial. ¡Yes¡
Luego gire sobre mis talones en una media vuelta perfecta, y me retire cantando una bella canción de Facundo Cabral que dice: …Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo.

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